Estoy frente a un Zara.
No entro. Me quedo mirando su fachada, como quien observa un viejo amigo que ya no reconoce del todo. Donde antes había escaparates que te contaban una historia, hoy solo hay un burro con prendas en perchas… o fotos. Fotos perfectas, brillantes, calculadas. Las imágenes de siempre que no te hacen sentir mucho. A veces ni eso. Por no hablar de los escaparates de los centros comerciales: dan pena. Pobres y rancios. Descuidados total. Los de provincias también. Sólo se libran ahoramismo los de las «flagship stores» de las ciudades más «insignia» también. La niña se lo cargó todo. Y con ello, la vida de muchas personas.
Y mientras la calle sigue su ritmo, pienso en algo:
¿Cambiar escaparates por contratar a los grandes fotógrafos vale la pena? Y ¿es realmente visual storytelling como el escapratismo?
¿O simplemente estamos envolviendo el silencio del retail con una capa de estética impecable?
Del arte del escaparate al algoritmo del deseo
Vengo del mundo del escaparatismo clásico, de esos días en los que el vidrio era un lienzo y el espacio una narrativa. Cada escaparate era una escena. Cada maniquí, un personaje. La historia se construía con luz, textura y emoción. El cliente pasaba y, aunque no entrara, sentía algo.
Hoy, esa magia se ha trasladado(o al menos eso creemos) a las pantallas. Zara ya no cuenta historias en sus escaparates.
Ahora las proyecta. Y no me malinterpretéis, chiques: la calidad de sus campañas es incuestionable. Colaborar con Ludovic de Saint Sernin o con los fotógrafos más prestigiosos del mundo es, sin duda, una estrategia… inteligente. Pero siempre se hizo. Siempre hubo un book de temporada, de nueva colección.
Y me pregunto si, en el proceso de digitalizar la emoción, no hemos perdido el pulso humano del storytelling visual.
Cuando el escaparate era una historia y no un archivo MP4
Hubo un tiempo en que un escaparate de Zara ¡sí, de Zara! podía competir con los de grandes casas de moda.
Había concepto. Había atmósfera. Había artesanía.
Un escaparate te hablaba de invierno con vapor en los cristales, o de verano con una brisa imaginaria que movía la ropa.
Era storytelling físico: el arte de hacerte sentir sin necesidad de reproducir un vídeo a 60 fps.
Ahora, la fachada ha sido colonizada por el brillo plano de las pantallas LED o de las fotos de grandes fotógrafos. Por cierto, iguales desde hace 25 años! El mismo storytelling desde entonces.
El reflejo del cliente se mezcla con los loops de campaña de Outomuro o Steven Meisel, y el cristal se convierte en una frontera entre la emoción y la inmediatez.










